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> RELATOS DE ENRIQUE ROMERO, vivencias durante su estancia en Guinea 1955-2007
Pascual
mensaje Mar 25 2010, 01:04 AM
Publicado: #1


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Nuestro amigo Enrique Romero, me envía y enviará una serie de relatos cortos para que sean publicados en este Foro. Son historias en primera persona sobre sus experiencias en Guinea, la primera de ellas muy interesante, como podreís comprobar acto seguido.
Un abrazo.


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Pascual
mensaje Mar 25 2010, 01:06 AM
Publicado: #2


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NFUMA-NGUI (Copito de nieve)

por Enrique Romero


Allá por el año 1966, estaba yo haciendo trabajos de topografía para una empresa forestal, que explotaba madera en la zona de Río Campo, en la parte noroeste de Guinea Ecuatorial. Proyectaba la construcción de una carretera y a causa de las distancias a recorrer, me veía obligado a vivir acampado en el bosque, acompañado por un reducido equipo de braceros nativos. Cada tres o cuatro semanas me desplazaba al patio de Mbía, donde la empresa Alena tenia instalada su base mas próxima, formada por unos talleres mecánicos para la reparación y mantenimiento de su maquinaria, almacenes, una pequeña oficina y un economato con lo mas necesario en artículos de uso corriente, alimentos enlatados, etc. Además había una veintena de casas para los empleados europeos, unas prefabricadas de madera y traídas de algún país nórdico de Europa y otras construidas de obra en el lugar. La empresa, también había construido un pequeño hospital, con sala de curas y quirófano y como no, una capilla católica, donde los domingos decía la misa el padre Makendengue.
Se ocupaba de la administración de la oficina y el control del economato, una persona singular y entrañable llamado José Fernández Alba. Singular por su aspecto, de unos cincuenta años, corto de estatura y casi tan ancho como alto. Tenía un cuerpo amplio y generoso, fuertes brazos y unas grades y velludas manos que recordaban las de un gorila. Una gran cabeza pegada al tronco completaba la parte alta de esta humanidad, casi sin cuello, escasa cabellera y unas anchas y espesas cejas negras. Unas piernas cortas y arqueadas terminadas en un par de pies calzados con chancletas, acababan el físico de este personaje de carácter afable y amigo de todos. Su afición era coleccionar sellos de correos, de los que en su casa tenia por todas partes, sin orden ni concierto y ocupaba sus ratos libres en atender a infinidad de corresponsales filatélicos con los que se carteaba para cambiar conocimientos y hacer intercambio de sellos.
Allí lo encontré, en su casa, gozando de las horas de descanso, un día que salí del bosque para abastecerme de lo necesario. Estaba sentado a la mesa, en calzoncillos, dando cuenta del almuerzo que le servia Apkuan su boy nigeriano. Para evitar que una corriente de aire le hiciera volar los sellos, cosa que ocurría con mucha frecuencia, se servía de un audífono para llamar al boy, pero cuando este abría la puerta por iniciativa propia, sorprendía al pobre Alba sin poder evitar el desastre. Eso ocurrió a mi llegada, cuando el boy abrió inesperadamente la puerta para anunciarme, se originó una corriente de aire, que provoco el revuelo de sellos semejante a cientos de mariposas multicolores. Se puso en pié de un salto y con la cara desencajada reventó en una serie de exabruptos que no me atrevo a repetir y solo se calmó al verme aparecer en el umbral de la puerta. Viendo a aquel gorila, desnudo y con los brazos levantados, con aquellos amarillentos calzoncillos resbalando piernas abajo, no pude contener una carcajada, mientras él, cambiando su ira por una amplia sonrisa me recibía con un fuerte apretón de una mano, mientras con la otra intentaba subirse aquella prenda que pretendía tapar sus vergüenzas. El pobre boy se mantenía callado esperando que continuara el revolcón, pero como mi amigo parecía haberse olvidado de él, se disponía a salir de la casa y regresar a la cocina, cuando le llegó la orden. Tú, hijo de los infiernos, ponte a recoger, uno a uno y con sumo cuidado todos estos sellos, pero antes, llévate esto de aquí, señalando los restos de comida que había en la mesa y trae dos vasos con hielo. Aparte de la filatelia tenía otra afición, la ginebra Gordons, de la que podía consumir más de una botella diaria él solo. Cuando Apkuan hubo traído los vasos con el hielo y servido sendas raciones de ginebra con agua, empezamos a conversar, y me contó que aquella mañana habían traído para vender una cría de gorila, y que lo curioso era que el animalito fuese de piel rosada y pelo completamente blanco, un gorilita totalmente blanco. El cazador que lo traía, procedía del poblado de Nkó, de la tribu Esamangón, próximo al río Campo que hace frontera con Camerún, manifestaba haber matado a la madre y recuperado a la cría sano y salvo, sin sufrir ningún daño y que si era algo claro de color no es que estuviera enfermo, sino que siendo un bebé ya había nacido así de claro, como los niños negros, y que luego se van oscureciendo con el paso del tiempo y que este se volverá negro como su madre cuando pasen unos meses. Temeroso de que el animal no fuera normal, estaba dispuesto a aceptar un precio más reducido que el habitual de 4000 pesetas, aceptaría solo 2000 pesetas si alguien estaba interesado en adquirirlo. Como nadie aceptaba, a pesar de entender que se trataba de un albino y en buen estado de salud, tampoco nadie alcanzó a suponer que se trataba de un ejemplar único en el mundo y que podía alcanzar un precio muy elevado.
En vista de su poca fortuna, el cazador aprovechó el paso de un vehiculo para seguir camino en busca de un comprador. Se trataba de un coche de la empresa que conducía al médico a pasar la consulta semanal al personal del patio de Pembe, situado a 26 kms., junto al río del mismo nombre y próximo a su desembocadura. Era el lugar donde rendían viaje los camiones madereros, descargando allí los troncos que luego eran embalsados en el río, para ser remolcados hasta los barcos que esperaban fondeados a dos millas de la costa, en el océano Atlántico. Al llegar al embarcadero pudo cruzar el río con un cayuco, y llegar muy cerca del aeropuerto de Bata, donde se encaminaba el cazador. Sabia que en Bata residía un europeo que acostumbraba a recorrer las carreteras del país y que se dedicaba a la compra de animales vivos para su envío al zoológico de Barcelona, se le veía con cierta frecuencia conduciendo un Land Rover blanco, con el escudo del Ayuntamiento de Barcelona, pintado en ambas portezuelas.
Al llegar a la ciudad de Bata, se dirigió hacia las afueras, donde sabia se encontraba la residencia del señor Jordi Sabater i Pi, con la esperanza de que ese fuera su buscado comprador. Afortunadamente para ambos, el mencionado señor no estaba ausente y en breves instantes quedó zanjado el negocio y los dos hombres se separaron felices del trato acordado, uno con el dinero y con su tesoro el otro. Me imagino la cara de felicidad del comprador, entendido en esa clase de animales, cuando se encontraría a solas con su preciado Copito de Nieve. Seguro que sabía la importancia de aquella rareza que acababa de adquirir.
Con el transcurso del tiempo se fueron conociendo detalles sobre la importancia de aquella adquisición, nada más se supo del cazador, que regresaría a sus bosque a proseguir sus cacerías, con la esperanza de que la suerte le fuera propicia. En cuanto a Copito de Nieve pronto fue trasladado y acondicionado, como su importancia requería, al zoológico de Barcelona, donde fue la atracción del mundo entero, tuvo varias esposas, una veintena de hijos y muchos nietos, pero todavía ninguno de sus descendientes ha heredado sus características especiales. Vivió feliz hasta la edad de cuarenta años, que equivale a los cien del hombre.
En cuanto al primatólogo Jordi Sabater i Pi, dejó África al poco tiempo y se incorporo al personal del Parque Zoológico de Barcelona; persona modesta y estudiosa, continuó su aportación al conocimiento de los primates en diversas publicaciones que lo acreditan como un erudito en la materia. Murió en Barcelona en agosto del año 2009.
En aquella casa de madera, cerrada de puertas y ventanas, hacia un calor infernal, razón por la que estaba justificado que mi amigo fuera tan ligero de ropa. Siguiendo sus indicaciones, yo me había despojado de la camisa y al poco rato ya notaba el sudor resbalando por mi cuerpo empapando mi única prenda, los pantalones cortos. A pesar de todo continuábamos conversando animadamente, dando buena cuenta de la botella de Gordons, mientras se iban licuando los cubitos de hielo refrescando la ginebra con agua. Alba era muy ameno en la conversación y después del tiempo pasado en los bosques, sin nadie con quien conversar amigablemente, me sentía dispuesto a aguantar con paciente aquel calor, mientras escuchaba los relatos de mi amigo.
Me estaba contando sus aventuras en Rusia con la división azul, en que un trozo de metralla le había tocado sus partes más íntimas haciendo blanco justo en los testículos, que le costó, según me contaba, perder la virilidad. Debía ser cierto, pues no se le conocía ninguna historia que hablara de mujeres ni otros lances que no fueran acompañados del señor Gordons.
Como empezaba a oscurecer, aproveché para despedirme y me dirigí a la casa de transitarios donde podría tomar una buena ducha y prepararme para pasar la noche. Tuve que prometer que volvería en un par de horas para cenar, pero tenía la sana intención de no hacerlo, evitándome así la resaca del día siguiente. Cuando me hube refrescado en la ducha, salí de casa con la idea de visitar a alguien que sin duda me invitaría a cenar, sabiendo a ciencia cierta que Pepe Alba ya se habría rendido y caído en los brazos de Morfeo, para despertar al día siguiente, fresco como una rosa. Así era, aguantaba como un caballo.
Le tocó recibirme a Alberto, un conductor canario de Las Palmas, que tenía asignado un camión internacional para hacer viajes del bosque al embarcadero, cargado con cincuenta o sesenta metros cúbicos de troncos. Vivía con Adela, su mujer, que enseguida añadió solícita un plato a la mesa que estaba preparando. Cenamos en silencio, Alberto había tenido una jornada completa con su camión, dos viajes desde el bosque hasta Pembe requieren ocho horas de rodaje por carreteras difíciles de montaña, más el tiempo de carga y descarga. Había sido un día duro y por suerte sin incidentes, pero agotador y siendo ya de por sí persona poco habladora se mostraba poco comunicativo. Por mi parte me sentía dispuesto a seguir la corriente, pues también acusaba el cansancio acumulado durante el largo día. Levantar el campamento a las seis de la mañana, cuatro horas largas de marcha por el bosque para llegar a la carretera y de allí, cargando el equipo y mi gente en un camión, para llegar al patio de Mbía. La llegada y el rato pasado con Alba, la charla y las generosas raciones de Gordons, fueron el colofón de una jornada que ambos, después de darnos las buenas noches, dimos por terminada.
FIN
Enrique Romero,
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Barcelona, 14 de marzo de 2010


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fernando el afri...
mensaje Mar 25 2010, 05:22 PM
Publicado: #3


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Muy interesante y amena la descripción de Enrique Romero, dicen que lo bueno y breve dos veces bueno.
Es posible que el nombre del nigeriano en vez de Apkuan fuera Akpan que suena igual, dado que Akpan es un apellido de la etnia calabar, en cuya tribu al primer hijo llaman Udo y al segundo Akpan.

Un cordial sludo

Fernando
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Invitado_El LLanero Solitario_*
mensaje Mar 25 2010, 06:51 PM
Publicado: #4





Invitado






Esperando que los siguientes relatos de Enrique Romero, sean tan interesantes como este, reciba un abrazo de bienvenida.
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Pascual
mensaje Apr 8 2010, 07:07 PM
Publicado: #5


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DE BASILE al PICO STIBEL
por Enrique Romero

Año 1955 – Mes de Octubre

Nos encontramos en Basile, antigua residencia del Gobernador General de la Colonia, donde todavía se conserva el viejo Palacio y algunas construcciones menores que habitamos los últimos miembros de la Comisión Geográfica del Ejercito. Durante unos años han se venido realizando los trabajos geodésicos y topográficos necesarios para la formación del Mapa Militar Itinerario, de la región continental y de la isla de Fernando Póo que será publicado en Madrid por el Ministerio del Ejercito, a escala de 1/50.000.
Últimos componentes del equipo;
Comandante : Angel García Cogollor
Capitanes : Miguel Angel Molina Palacios y Cap. Pasculsan
Sargentos : Luis Ventura Ruiz y Sarg. Pedro
Cabo : Virgilio Cabezón Martín.
Soldados : Agustín Cáceres
Miguel Hernansan
Manuel Boada
Guillermo Gaya
Enrique Romero
Estábamos realizando los preliminares de marcha definitiva prevista para final de aquel año, recopilando las últimas notas, croquis y trabajos de campo para llevárnoslos a Madrid.
Algún tiempo atrás, pensando en la marcha definitiva, habíamos comentado la posibilidad de llevar a cabo una exploración importante como despedida del País, lo habíamos comentado con nuestro comandante solicitando su autorización, que se había mostrado conforme y dispuesto a encabezar la expedición. Era hombre atlético y experimentado, que no había cumplido aún los cuarenta años, lo que lo convertía en el jefe ideal para esa aventura. Habíamos pensado en acceder a la caldera volcánica de San Carlos, que nunca había sido explorada y que se encuentra en la zona de Moka. El borde de la caldera está a dos mil metros de altitud sobre el nivel de mar, tiene un diámetro de cinco mil metros y una caída en vertical, desde el borda hasta el fondo, de unos mil metros. La caldera tiene su desagüe por el río Tudela y no creemos que haya otro acceso posible. Había que prepararse para hacer escalada, ya que en poco más de tres
kilómetros de recorrido, desde la salida de la caldera hasta el mar, hay un desnivel de mil metros. Bien, no disponíamos de tiempo para preparar la expedición que ya quedaba suspendida.
Varios de los componentes del equipo hablamos de hacer algo especial y se nos ocurrió la ascensión al pico Stibel, que era como se llamaba entonces al pico de Santa Isabel. Ya hacia casi dos años que el capitán Molina había estado allí, el sendero que abrió se había cerrado y nosotros tendríamos que subir con la ayuda de una brújula y a golpe de machete. Al final solo había dos voluntarios, Guillermo Gaya y el que escribe estas líneas. Yo era el más joven de todo el equipo, hacia poco mas de un mes que había cumplido los diecinueve años. Así que en dos días hicimos los preparativos de un equipo ligero en hombres y enseres. Nos acompañarían un boy de la etnia bubi de la isla, llamado Domingo y otro del continente de los mal llamados pámues, perteneciente a la etnia fang, de nombre Ambrosio. Como enseres disponíamos de una lona de diez metros cuadrados, dos mantas, dos lámparas de bosque, una linterna de pilas y algunas latas de conservas.

La mañana que iniciamos la andadura amaneció lloviendo de forma persistente y pensamos en aplazar el viaje, pero estando en la estación de lluvias no era probable que mejorase el tiempo, de forme que nos colocamos unos impermeables encima de la ropa y emprendimos la marcha, primero a través de la finca de café de Estrada, hasta que al terminar la plantación encontramos un sendero de caza que seguía montaña arriba. Durante toda la mañana caminamos por un boque bastante espeso, siempre ascendiendo ligeramente y a eso de las tres de la tarde nos encontramos con los restos de una cabaña de nipas y cortezas, refugio de cazadores. Al lugar le llamaban “casa banana” y se hallaba a quinientos metros sobre el nivel del mar, en otros tiempos había estado más habitable que estonces, cuando era frecuentado por cazadores que pasaban allí días cazando y ahumando la caza para su conservación. Llegamos mojados y cansados ya cayendo la tarde y con el tiempo justo para hacer un buen fuego que nos quitara el frío y después de tomar un refrigerio nos dispusimos a pasar la noche envueltos en las mantas. Los africanos durmieron como benditos, pero Guillermo y yo pasamos la noche en vela, con frío, alimentando el fuego que se apagaba a de continuo y quemando la manta por acercarnos demasiado al fuego.
Cuando nos despertamos el canto de los falsos faisanes nos anunciaban ya el nuevo día, tomamos un café y rápidamente levantamos el improvisado campamento. Los senderos ya se habían terminado, así que tomamos la dirección con ayuda de la brújula e iniciamos el segundo día de marcha, siguiendo a Domingo que armado del machete iba abriendo camino.
Entre los mil y mil quinientos metros de altitud nos encontramos con una barrera casi infranqueable de espesa vegetación formada por helechos espinosos, y de unos cuatro metros de altura. La única forma que teníamos de avanzar era, que el machete que iba en cabeza, fuese abriendo un túnel en aquella vegetación y pasarnos el escombro a los restantes, que lo íbamos apartando a los lados como podíamos, para seguir progresando lentamente en nuestro camino. Aquella forma de avanzar muy lenta y penosa, nos ocupó largas horas, pero cuando salimos de aquel infierno, a primeras horas de la tarde y pudimos contemplar la montaña y aquellas praderas bañadas por el sol y pobladas de altas hierbas cambió nuestro ánimo, contemplando la cima del pico que se encontraba ya a poca distancia. El calor del sol nos reconfortaba, después de la húmeda noche pasada en casa banana, mientras nos encaminábamos a coronar el pico, rematado por una cruz de hierro colocada años antes por los misioneros. A nuestro alrededor el paisaje era fantástico, caminamos bordeando varios cráteres de dimensiones regulares, nubes que llevadas por el viento se precipitaban veloces en el interior de aquellos y que volvían a salir a toda velocidad. Al fin culminamos la ascensión de tres mil siete metros sin mayor esfuerzo y en contra de lo que esperábamos el tiempo se estaba nublando y nos impidió contemplar el paisaje esperado. Próximo a la cruz y entre unas piedras, encontramos un bote conteniendo el mensaje de media docena de personas que habían
pasado por allí antes que nosotros, por lo que hicimos lo propio depositando también nuestros nombres en el mismo lugar. Muy cerca de la cima dejamos nuestro equipo y aprovechando las pocas horas de luz del día que quedaban, nos dispusimos a probar suerte y buscar algo de caza con que completar nuestras provisiones de boca.
Mi compañero y yo nos separamos cada uno por un lado. Guillermo llevaba una escopeta del calibre 12 ml. de dos cañones e iba acompañado de Domingo y yo con una de un solo cañón y del mismo calibre en compañía del boy fang. No habría caminado más de media hora cuando avisté por encima de las hierbas, una cabra con la cabeza levantada y atenta a algo que habría olfateado. Sin pensarlo, me encaré la escopeta y disparé sobre el animal, que cayó a tierra pateando. Domingo y yo nos precipitamos hacia la pieza y cuando estábamos llegando a ella vimos a Guillermo y su acompañante llegar también junto al animal y abriendo su escopeta. Ante mi asombro manifestaban haber sido ellos los que habían disparado y matado la cabra. Allí se organizó una viva discusión a dos bandas, en catalán los blancos y los africanos en pichín. Al acampar y desollar al animal se terminó la discusión, comprobando claramente dos tiros en la piel de la cabra.
La explicación, que los dos habíamos disparado exactamente al mismo tiempo.
Aquella noche descansamos bien alimentados con la sabrosa carne de la cabra, a pesar de lo dura que estaba.
Por la mañana, satisfechos por el éxito de la pequeña aventura, levantamos el campo y desandando el camino regresamos en el día a Basilé.

Siempre que paso por el aeropuerto de Malabo, en mis muchos viajes de ida y vuelta a Guinea, levanto la vista en dirección al Pico, que en días claros se puede contemplar, a la izquierda de la caldera de Bonyoma, la esbelta teta de la Dama.

FIN

ENRIQUE ROMERO
Barcelona, abril del 2010
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Pascual
mensaje May 22 2010, 07:01 PM
Publicado: #6


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KOGO – Estuario del Muni
Por Enrique Romero

En el año 1959, se me presentó la oportunidad de viajar al Estuario del Muni, en el sur de Guinea Ecuatorial, una parte del país que hacia tiempo deseaba conocer. En Bata coincidí con un vasco de Bilbao, gerente de la empresa forestal Aggor y que desde hacia ya unos años se habían establecido en aquella región, al igual que lo habían hecho otras empresas dedicadas a la misma actividad. Me ofrecía un puesto de topógrafo que no me costó mucho aceptar.
La actividad forestal se inició en Guinea hacia los años veinte y principalmente en la media mitad sur del continente; en las regiones de Río Benito (hoy Mbini), Etembue y cabo Sanjuán. Precisamente en cabo Sanjuán, se encontraba instalado un alemán llamado Maklan, que poseía una plantación de café y que además explotaba una zona de palmera espontánea de especie oleaginosa. Este alemán, tenía relación con la Cia. Naviera alemana Woerman, que traficaba por la costa occidental africana. Este finquero, aprovechaba el paso periódico de esos barcos, para despachar sus productos y al mismo tiempo, aprovisionarse de las mercancías necesarias para sus actividades. Parece que fue este alemán, quien construyó el primer ferrocarril para hacer el trasporte de su producción y que esa naviera, fue la que le trajo de Europa, los raíles, vagones y la locomotora necesarios. Para mejor aprovechamiento de este medio de transporte, cortaba árboles de la especie Anguma, conocida comercialmente por Okume, nombre que dieron los alemanes, a esta especie forestal. Cargaban los troncos sobre las vagonetas y los encaminaban hasta la orilla del mar, donde formaban balsas que remolcaban hasta los barcos. Por sus características mecánicas, esta especie forestal se dio a conocer como idónea para el desenrollo y la fabricación de hojas de contrachapado. En esa parte del continente, fue donde se iniciaron todas las empresas forestales hasta llegar al número de ocho y que prosperaron rápidamente. La región era, en su mayor parte, de terreno llano y con una densidad de okume muy alta, lo que facilitaba su explotación y la obtención de buenos beneficios. Pero al final de los años cincuenta, estas empresas iban quedando sin bosques que explotar y entonces fueros trasladándose al estuario del Muni, donde confluían cinco ríos importantes que permitían la evacuación de la madera hasta los barcos. Estos podían entrar y fondear dentro del estuario, lo que facilitaba los trabajos de carga a bordo de los troncos.
A los pocos días de haber concertado mi marcha a Kogo, tuve la ocasión de hacer el viaje con un mecánico de la Cia. Vasco-africana, que había regresado de vacaciones y se incorporaba a su puesto de trabajo. Disponía de una pik-ap Ford conducida por un joven mulato de Corisco, buen conocedor de la carretera que se encontraba en muy mal estado, a pesar de encontrarnos en la estación seca. Pituky, que así se llamaba el conductor, intentaba sortear los innumerables baches, pero a su pesar solo lo conseguía en parte, salvando los que por su tamaño nos hubiesen impedido continuar el camino. Como en aquel tiempo todavía no existía el aire acondicionado, estábamos obligados a ir con las ventanillas abiertas y el polvo rojo de la laterita inundaba la cabina y a sus ocupantes. En dos horas habíamos recorrido los treinta kilómetros que separan Bata del Río Benito (ahora Wolo) y allí tuvimos que esperar el transbordador, que nos llevaría a la otra orilla, donde se encuentra la población de Río Benito, que actualmente se llama Mbini.
Por suerte, no tuvimos que esperar mucho tiempo, que una especie de pontón, con un remolcador a su borda que lo hacia avanzar, atracó suavemente en nuestra orilla y dieron paso a los vehículos que querían atravesar el río. También subieron pasajeros de a pié, que se colocaron en los bordes de la embarcación y entre los vehículos. En escasos minutos llegamos a Río Benito y Pituky desembarcó la Pik-ap, mientras los pasajeros lo hacíamos a pié, encaminando nuestros pasos a un bar-fonda que se encontraba a unos cien metros del embarcadero. Como teníamos por delante un largo camino, decidimos hacer un alto para comer y nos aposentamos en una de las mesas de mármol a la espera que el camarero que atendía a otros comensales, nos pusiera al corriente de lo que tenían preparado aquel día. El comedor era una sala grande, de unos veinte metros de largo por diez de ancho y una barra de bar de la misma anchura en uno de los extremos, donde se encontraban varios europeos despachando sus bebidas y conversando animadamente; amplios ventanales situados a lo largo de dos extremos del salón, nos permitían contemplar gran parte del río que acabábamos de atravesar, donde algunos cayucos cargados de pasajeros, iban y venían desplazándose raudos con sus motores fuera-borda. Allí sentados agradablemente despachamos una comida casera, mientras mi compañero iba saludando a conocidos suyos que habitaban Río Benito o bien algunos que iban de paso como nosotros.
Esa pequeña población había sido muy populosa tiempo atrás, cuando todos los forestales tenían allí sus oficinas, estaban los centros administrativos y había un comercio bastante floreciente. La población se componía principalmente de tres calles. La primera comenzaba en el desembarcadero, donde nacía la carretera de Kogo. De esta partía una calle amplia que bordeando el río, recorría escasamente un kilómetro, hasta llegar al Servicio Forestal, con sus oficinas y viviendas para empleados; todo ello ubicado en una zona ajardinada y cubierta de altos cocoteros. Una situación privilegiada, en una punta elevada que caía en acantilado justo en la desembocadura del Río Benito, desde donde se contemplaba la barra del río rompiendo a su entrada en el mar. Con frecuencia se podían ver los barcos madereros fondeados a dos millas de la costa y esperando la madera que les cargaban los forestales. Una segunda calle, que partía del Scio. Forestal, recorría una distancia semejante a la anterior, llegando a la carretera de Kogo donde estaba la Fonda de la Papaya, local más pequeño y menos concurrido que el anterior. En esta calle se encontraban buen número de factorías, junto a las viviendas de los factores y sus familias. La tercera vía era la misma carretera de Kogo hasta la salida del pueblo.
Hacia las tres de la tarde, nos despedimos de la gente del restaurante e iniciamos la segunda etapa de nuestro viaje, que nos costaría unas seis horas, el recorrer setenta kilómetros de pista igual o peor que la anterior. A los diez kilómetros atravesamos el palmeral propiedad del duque del Infantado y nos cruzamos con los braceros que terminados los destajos, regresaban a sus viviendas en el patio de la finca. Cada uno con su machete en la mano y algunos también portaban una piña de bangá (fruto de la palmera oleaginosa) en equilibrio sobre sus cabezas. Continuamos adelante, sorteando multitud de baches y cruzando puentes de troncos en estado precario, hasta que en uno, próximo al poblado de Botica, tuvimos que apearnos del coche, colocar sabiamente unas tablas sobre los maderos del puente y dirigiendo a Pituky, hacerle rodar lentamente hasta que consiguió pasar. Caía la tarde y poco después de las seis ya era noche cerrada, bajó la temperatura y el viaje se hizo más llevadero, a pesar de los baches y el polvo rojo de laterita.
Pasadas las nueve de la noche llegamos a Akalayong, junto al río Congüe, donde se abre el gran estuario del Muni. Acercamos el coche al pequeño embarcadero y comprobamos que no había ninguna embarcación esperando para llevarnos, a pesar de tener aviso de nuestra llegada. El lugar estaba desierto, ninguna embarcación ni tampoco coches, no se veía a nadie y aunque Kogo está a corta distancia, un par de kilómetros a lo sumo, una isla cubierta de mangles nos impide su vista; oímos perfectamente el ruido del grupo electrógeno que alumbra el pueblo, pero su ruido impide que desde allí, puedan oír la bocina de nuestro coche. Pituky nos aclara que habrán estado hasta las siete o las ocho y pensado que ya no llegábamos, así que nos propone retroceder tres kms., hasta un poblado donde pedir cobijo para pasar la noche. En el lugar donde estamos nos comen los mosquitos a placer y ello nos anima a aceptar la sabia recomendación del conductor y resignarnos a esperar al día siguiente para concluir nuestro viaje. Retrocedemos hasta llegar a un pequeño poblado que se divisa sobre un montículo, a escasa distancia de la carretera, paramos el coche entre media docena de casas y de una de ellas aparece un hombre alumbrándose con una lámpara de bosque y en pocos minutos se hace cargo de nuestro deseo, nos insta a cerrar el vehículo y seguirle a la casa, donde espera su mujer que nos ofrece acomodo en unos sillones de melongo, provistos de unos primorosos cojines de fabricación propia. Expresamos nuestro deseo de asearnos y la señora nos indicó un riachuelo cercano donde podíamos bañarnos, mientras ella aprovecharía para preparar algo de cenar al tiempo que disponer donde pasaríamos la noche. No valieron nuestras protestas, solo dijo que nos esperaba después del baño. Pituky ya se había perdido en la noche, lo que hacia suponer que por allí o en lugar cercano, disponía de acomodo. Llevando ya lo necesario en los brazos y puesto lo imprescindible, seguimos un sendero en pendiente que nos condujo hasta una corriente suave de agua donde pudimos gozar de un relajante baño. Al regresar a la casa, nos esperaba la señora, ofreciéndonos una cena con lo pudo preparar, huevos duros, bananas maduras y una hermosa piña, todo acompañado de cubiertos platos y servilletas, donde pensamos que en aquella casa había escuela, pero sin pensar que aquello era una muestra de lo que nos faltaba por ver. Seguidamente llegó el hombre con dos lámparas encendidas y nos acompañó a otra casa y entrando en ella nos mostró dos habitaciones al tiempo que se retiraba deseando pasáramos bien la noche. Yo penetré en el aposento que me correspondía, subí la llama de la lámpara para mejorar la visión y quedé sorprendido. Ahora pido a quien me lea, que no dude de lo que seguidamente voy a contar; me encontraba en una estancia de unos veinte metros cuadrados, paredes de tablas de calabó encaladas de blanco, el techado cubierto con nipas y el piso de tierra batida. En el centro una cama metálica de matrimonio a pintada de azul, con un grueso colchón Flex cubierto con sábanas de puro hilo y bordadas a mano. Extendido sobre la cama, un pijama de seda blanco a estrenar, aunque amarillento por el paso de los años. Las patas de la cama metidas en latas llenas de petróleo, para impedir el acceso de hormigas y un gran mosquitero, también a estrenar, protegía el todo contra los mosquitos. Como remate de esmero, al ir a meterme entre las sábanas descubrí, dispuestas a los pies de la cama, un par de babuchas de raso, para estrenar, dignas de un maharajá. Con una beatífica sonrisa en mis labios, me metí entre las sábanas y quedé dormido. En aquellos tiempos de colonización de espada y crucifijo, la escolarización era obligatoria en todo el territorio y no se podía encontrar una mujer de más de quince años, que no supiera lo básico, leer, escribir y las cuatro reglas. Las monjas se encargaban de que aprendieran las labores propias de la mujer, como quedaba ampliamente demostrado.
A las seis del siguiente día ya estábamos levantados y dispuestos, tomamos el café que se nos ofrecieron y al preguntar cuanto debíamos pagar por el alojamiento y la cena no sabían cuanto pedirnos, por lo que tuvimos que decidir y optamos por honrar con esplendidez la exquisita hospitalidad recibida. Los sentidos adioses y saltar al coche para llegar a Akalayong en el momento que atracaba un remolcador de la Vasco. Cerca del pequeño puerto, había cuatro construcciones que servían de garajes y almacenes a varias empresas de Kogo y en una de ellas encerró Pituky el coche y embarcamos en el remolcador con nuestros equipajes. En pocos minutos, sobrepasamos la isla de mangles y se abrió ante nosotros el estuario, contemplamos un panorama magnífico y ya a poca distancia, por la proa de la embarcación, Kogo, también llamado Puerto Iradier, una hilera de casas blancas brillando al sol de la mañana, con la torre de la iglesia y el “monte de los sabios”. Desembarcamos en el pantalán, junto al monolito dedicado a Fernando de Iradier y ya andando por la única calle, llegamos a un edificio de dos plantas, sede de la empresa Aggor que me había contratado. La planta baja estaba dedicada a oficinas y almacén y la alta a dos viviendas, separadas por una a amplia terraza central, Se accedía a ellas por sendas escaleras laterales, una a cada lado del edificio, a la derecha la que conducía a la vivienda del gerente y por la izquierda se accedía a la ocupada por el contable. Estaba despidiéndome de mi compañero de viaje, cuando vi salir de su casa al gerente de Aggor que conocí en Bata el mes pasado y después de saludarnos y comentar las incidencias del viaje, me propuso seguir la costumbre local e ir a la fonda de Arnaiz a tomar el aperitivo. Allí nos encontramos con un nutrido grupo de europeos conversando animadamente, mientras despachaban sus saltos de whisky J. Walker o de coñac Tres Cepas de Domec, servido en vasos altos con una generosa ración de licor, cubitos de hielo y a completar con soda o con agua natural sin gas. Se hablaba de todo y se bromeaba más y así empecé a conocer a la gente que poblaba el lugar y que considero de lo más original, tanto que parecían salidos de otro mundo.
Por la tarde, después de comer y descansar un rato, bajé a la oficina donde el contable ya estaba cerrando y me propuso dar una vuelta por el pueblo para terminar de conocerlo. Kogo está enclavado en una lengua de tierra de no más de cien metros de ancha; a un lado la baña el estuario y al otro una zona de manglares, que queda al descubierto en marea baja. Por esa franja, elevada unos seis metros sobre las aguas, circula la única calle existente y a ambos lados de ella se encuentran viviendas, factorías, oficinas y almacenes. Iñaky, que así se llamaba el contable, me sugirió que iniciásemos el paseo empezando por el pequeño puerto y luego retroceder cubriendo así toda la calle, llegando y finalizando en Kogo Chico. Llegando al embarcadero, se para junto al monolito a Iradier y empieza a actuar de cicerone; ese camino que sale de aquí conduce al “ monte de los sabios “ donde está situada la escuela y el hospital y por el camino, se encontraba el campamento de la Guardia Colonial y la residencia del Capitán Olmos, el administrador colonial de la zona. En otro momento te enseñaré el Hospital, para que conozcas al médico, ahora seguiremos por la calle que hemos venido y donde está la mayor parte de la población, me decía Iñaky, iniciando el retroceso. A la derecha sale lo que ha de ser un día la carretera de Evinayong y que actualmente solo cuenta con una decena de kilómetros, llega a un poblado llamado Basilé; pero bueno dejemos eso para otra ocasión, aquí a la derecha, junto al monolito, tenemos el almacén de los Romera; el padre, hombre de unos sesenta años, antiguo instructor de la Guardia Colonial, alto y enjuto a quien apodan “vaca vieja”, con dos hijos de treinta y veinticinco años semejantes al padre, flacos y estirados y también con sus sobrenombres, “escarface” el mayor, por una cicatriz en la mejilla y “latiguillo” el menor por ser el más alto, ambos en pantalón muy corto, enseñando las ingles.
Mas adelante tenemos el edificio de Correos y la Aduana, a la izquierda, lado estuario, los depósitos de combustible de Alada y enfrente, en esa casa de madera montada sobre pilotes, junto a la Fonda de Arnaiz, vive Nilo Campos de la Lastra apodado “Carlitos cara burro canalón”. Cercano a los sesenta, Nilo era hombre fornido, con un metro ochenta de estatura, desgarbado y con una cabeza redonda de pelo crespo y canoso, usaba unas espesas gafas con cristales de culo de botella, para corregir su miopía en lo posible. Vestía amplia camisa de manga corta a rayas y pantalón largo de color blanco, demasiado corto para su estatura, dejando ver unas zapatillas sin cordones. Madrileño y antiguo funcionario en la metrópoli, tenia una voz ronca y un hablar muy pausado y rebuscado en correcta pronunciación, que me recuerda al escritor Camilo José Cela.
Tenia la concesión del paso del estuario, que hacia con un cayuco de grandes dimensiones equipado con motor fuera-borda, con el que transportando personas, animales y cargas, desde Kogo a Akalayong y viceversa. Además era dueño de un destartalado camión situado en Kogo, único vehiculo del pueblo, con el que hacia el transporte de todo lo que se precisaba transportar en aquella sola calle. Me contaron que días antes, apareció en la fonda de Arnaiz a la hora de mayor afluencia y que levantando los brazos pidió silencio; En estos momentos, declaró muy serio ante todos los presentes, acabo de entrar oficialmente en el gremio de los cornudos; he encontrado a Dña. Escotosia con Pepín, el que pilota el cayuco, refocilándose en mi propia cama. Era la corisqueña con la que convivía hacia bastantes años.
Seguimos calle adelante, a la izquierda la factoría de Diego de Arasa y Causanilles, “Don precario mangarrín” le llamaban. Debía ser por su forma de hablar, grandielocuente, muy correcto y pausado, cincuentón con una historia muy sabrosa que se contaba de él. Hacia años había ido a Valencia, de donde procedía, con la idea de casarse con una antigua novia que dejó años atrás y al consumarse la unión, se percató de la falta de virginidad de su esposa; la invitó a tomar el fresco en el balcón, cerró la puerta y regresó a Kogo tan solo como se marcó. Desde entonces vivía con una mujer de Elobey y con una hija de esta, a quién reconoció como hija propia y le entregó todo su afecto paternal.
Unos metros más adelante, pasábamos por delante la oficina de Aggor y se me ocurrió preguntar a Iñaky si él tenía algún apodo. Confesó que conocía uno, “el ibis” , era alto y muy delgado y siempre vestía de blanco, camisa y pantalón corto. Muy acertado el sobrenombre. Ya íbamos por la mitad y pronto habríamos recorrido toda la calle; lo cierto es que iban quedando atrás, algunas casas y comercios de los que no hablamos o que yo no recuerdo al escribir estas líneas, pero lo cierto era que ya faltaba poco para llegar a Kogo Chico y terminar el paseo. Ahora, en lado estuario, estaba la factoría de León, “siete barrigas” , vasco y amante de la buena mesa, de mediana estatura era como un tonelete andante por su prominente abdomen, que se percibía, moreno y brillante, tras su camisa medio abierta; con unos brazos cortos y rechonchos que se balanceaban atrás y alante al compás de dos piernas cortas y gordas. La parte delantera de su corto pantalón, se le perdía cerca del pubis, mientras que la parte posterior se arremangaba al ritmo de sus prominentes glúteos. Amable, de carácter afable y amigo de la broma, se le suponía el culpable de la mayoría de los apodos. Además del comercio en general, se dedicaba a la compra de cocos que exportaba, aprovechando los barcos madereros que recalaban en el estuario para cargar la madera. También tenia una plantación de cocos en Punta Yake, de la que nunca llegaría a sacar beneficio.
Antes de llegar a Kogo Chico, pasamos por delante de la gerencia de la Cia. Vasco-Africana donde habitada el gerente, cuyo nombre no recuerdo, pero si que le apodaban “vinagrillas” debido, según parece a su mal carácter. La calle y con ella el pueblo, terminaba en los talleres de la Vasco y a la derecha, en un leve altozano, el barrio de Kogo Chico, donde residían nativos en su casi totalidad. Pues también habitaba, en una casita de madera muy limpia y cuidada, un alemán de algo más de sesenta años llamado Claus; había llegado en los años cincuenta, procedente de Camerun y vivía de una pequeña pensión que recibía periódicamente de si país. Todas las tardes se le veía dando un paseo hasta la fonda de Arnaiz y raramente aceptaba las invitaciones que le ofrecían, ya que, según manifestaba siempre, sus medios económicos no le permitían corresponder. Era persona amable y muy educada, que contaba con el respeto de todos. Falleció al poco tiempo.
Me sentía feliz de haber venido y de pasar unos días en Kogo antes de ir al bosque y empezar a trabajar. Desde la terraza donde me encontraba, se divisaba gran parte del estuario, a pocos metros el islote Ngambe y al fondo la salida al mar con las islas de Elobey, grande y chico. Al norte Cocobeache, pequeño enclave costero perteneciente al Gabon y al sur Punta Yeke y Punta Calatrava de Guinea. Así termina mi primer día de estancia en el Estuario del Muni.

FIN
Mayo del 2010
Enrique Romero
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Begoña
mensaje May 24 2010, 04:57 PM
Publicado: #7


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Enrique, mil gracias por estos relatos. Me has hecho recordar a personas y lugares y sobre todo que salga el recuerdo de mi padre (fonda Arnaiz).No tenía apodo? Seguro que si como veo en los demás pero que yo desconocía, claro que por aquel entonces yo tenía ocho años. Saludos.
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manolo pizarro
mensaje Jun 19 2010, 11:22 PM
Publicado: #8


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Interesantes relatos Pascual, y por cierto muy bien escritos por Romero, que a la vez los hace amenos e interesantes.

Una delicia, espero continues colgando el preciado maná.

Un fuerte abrazo.
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rosen
mensaje Jun 20 2010, 11:06 PM
Publicado: #9


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Estupendos los relatos de Enrique Romero con todo lujo de detalles.Menos mal que alguien estuvo en Kogo.
Entre el año 62 y 64 conocimos a Enrique Romero. Y a su compañero Gaya pero a mí me parece que se llamaba Ramón.Dos chicos muy simpáticos y amables. drinks.gif

Dña. Escotosia se llamaba Carolina,corisqueña muy guapa , elegante y educada.
Nilo Campos era santanderino lo que pasa es que estudió en Madrid y allí se quedó. Sabia de todo. Tenía montones de libros y discos.
Iñaqui se apellidaba Velasco.
El gerente de Aggor puede que fuera Luis Vergara.Fue alcalde de Kogo.
El "vinagrillas" creo saber como se llamaba pero no quiero molestar.
Los pantalones cortos de los Romera (que eran muy trabajadores y buena gente) no debían ser tan cortos porque nunca les vi las ingles.
El alemán no sabía como se llamaba pero se apellidaba Jansen.
Los motes juraría que los ponía Nilo Campos más que León. Y me acuerdo de todos.
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rosen
mensaje Nov 6 2012, 10:41 AM
Publicado: #10


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ENRIQUE ROMERO ME AUTORIZA A PONER ESTE INTERESANTE (DESDE EL PRINCIPIO AL FINAL) RELATO SUYO

CAPITULO II - Río Campo

Al día siguiente me avisaron de que el jefe de explotación quería verme y poco después me encontraba en su presencia. Eladio Guerediaga era un vasco grandullón y muy afable, que sin más comentarios me comunicó que la gerencia de Bata, en la emisión por radio de la mañana, le habían anunciado que el señor Amella venia de visita y quería verme a su llegada, por lo tanto quedaba enterado de que debía esperarle.



Al poco rato vimos llegar un Land Rover gris de gasolina conducido por un choffer guineano y apearse el director-gerente Francisco Amella, hombre de de estatura regular y pelo castaño y ligeramente rizado; vestía camisa blanca de manga corta, pantalón corto gris y medias blancas hasta las rodillas. Cuando se apeaba del cocha me hizo una señal de saludo, al tiempo que me decía, Romero tengo un trabajo para ud. El trabajo consistía en delimitar una ampliación de la concesión en unas seis mil has. más

hasta el Río Campo y estudiar las posibles vías de saca para la explotación forestal. Se trataba de una zona situada al norte del bosque que días antes acababa de abandonar.



Cumpliendo las ordenes recibidas, tarde tres dias en preparar mi equipo y comunicar a Guerediaga que ya estaba dispuesto para la marcha y que necesitaba un camión para trasladarme, con los enseres personal al lugar donde debíamos dejar la carretera para entrar en el bosque y quedamos de acuerdo en que partiría temprano al día siguiente. Alas siete del día siguiente salíamos del patio de Mbia rumboa nuestro destino por carreteras secundarias, después de una curva llegamos al final, la carretera terminaba allí, luego el bosque. Descargaron el equipo y nos adentramos siguiendo un camino que se veía bastante transitado, nos dirigimos al poblado de Ayamiken de la tribu esamangón, habitado por unos trescientas personas. Anduvimos por terreno llano, por un bosque bastante abierto donde se caminaba con rapidez, las cargas eran livianas y los porteadores iban cantando alegremente. Todos íbamos gozando de la frescura del ambiente, después de haber abandonado el sol de la carretera por donde habíamos llegado momentos antes.



En poco mas de dos horas encontramos a un rió poco caudaloso que atravesamos valiendonos de un palo que lo cruzaba de uno al otro lado, allí empezaba el terreno a ascender, yo paré un momento para ver como iban llegando lo porteadores, que al pasar sudorosos junto a mi despedían penetrante olor de humanidad, mientras se animaban en la subida con pequeños gritos. Entonces se abrió ante nuestra vista una gran explanada con casas por doquier, de todas formas y tamaños, diseminadas sin orden alguno; de donde empezó a salir gente contemplando la nuestra llegada.



Me alojaron en una casa donde colocaron mes pertrechos y el personal que me acompañaba fue buscando alojamiento por el poblado, la gente del pueblo era muy hospitalaria y por poco que podían les brindaban alojamiento. La llegada de desconocidos era como una fiesta, todos se daban a conocer y entablaban amista; querían saber que trabajo les traía por sus tierras. Un anciano venerable, que era el jefe

del pueblo, vino a saludarme haciéndo mil preguntas mientras me ofrecía un racimo de bananas, queria informarse del tiempo que me quedaría allí y del motivo del viaje, a lo que respondí que me quedaría el tiempo suficiente para preparar una expedición hacia el norte, donde me disponía a realizar una prospección hasta llegar a Rio Campo, que esperaba tardar un mes en terminar los trabajos, que al día siguiente quería marcharme hacia aquella zona y acampar a unos cinco kilómetros del poblado y desde allí hacer desplazamientos para ir estudiando la región; le pregunté si encontraría algún poblado, respondiendo negativamente, solo había un grupo de pigmeos de tribu bayele, pero que era muy difícil encontrarme con ellos ya que son poco sociables y se marchan cuando sienten la proximidad d otras gentes y especialmente si se trata de blancos Con la gente de poblado se relacionan, vienen algunas veces para hacer intercambios, traen carne de animales de caza aumada y la cambian por sal, yuca y algunas frutas y hortalizas, ya que ellos no cultivan la tierra. Son expertos cazadores y pescadores pero nada de agricultura ya que siguen una vida nómada, sin para en ningún lugar, solo paran lo justo para pernoctar o para secar la carne cuando la caza a sido abundante, no tienen casas ni chozas, acampan en el bosque como animales.



Al día siguiente partimos de Ayamikeng y nos adentramos en el bosque caminando en dirección norte, atravesamos terrenos llanos con frecuentes zonas pantanosas y a las dos horas de marcha nos encontramos con una pequeña manada de elefantes, que nos obligó a a detene la marcha durante un rato a la espera de que se alejaran lo suficiente para continuar. Salvados los terrenos pantanosos alcanzamos un pequeño otero de terreno seco donde el bosque era más abierto y me pareció que era tiempo de ir buscando lugar de acampada y establecernos para pasar una temporada y en salidas diarias ir batiendo la zona a explorar. Así que hable con Juan Mangué, mi segundo y capataz del personal para que buscara un buen lugar próximo a un riachuelo, al tiempo que mandaba al cazador para que aprovechara y fuera a ver si cazaba algo mientras los demás montábamos el campamento.



Ya anochecía cuando terminamos de montar el campamento y estábamos instalados, todo el personal bajo lonas próximos al rió, se había limpiado el terreno y preparado fuegos que quemarían durante la noche y la gente se disponía a bañarse, despues de terminada se encaminaban al rio próximo. A unos trecientos metros aguas arriba se había dispuesto lo que seria mi habitáculo,apartado del personal , pero lo suficiente_ mente cercano como para ser atendido a mi llamada. Formado por una amplia lona sujeta por piquetes hacia de techado, abierto por los cuatro lados, en el centro se montaba un camastro hecho con palos recien cortados, sobre los que se construia un somier de lianas trenzadas, sobre el que se colocaba un plastico para protejer el colchón de espuma y la ropa de cama. Todo ello quedaba protegido por un mosquitero para aislarme de mosquitos y otros insectos y aparte de la cama todos mis pertrechos, metidos en sus cajas bien dispuestos y a mano.



En esos momentos llegaba el cazador, sin haber conseguido nada, cosa frecuente

desconociendo todavía la región; me contó que se había encontrado con unos pigmeos, y que había un hombre que estaba mal herido, que seguramente moriría, que había sido atacado por un búfalo que le había pateado, produciendole magulladuras en todo el cuerpo, deliraba de fiebre y los dos pigmeos que le acompañaban decian que no podia vivir, que esperarian hasta que murira. Se encontraban a una media hora de nuestro campamento, el erido no podía moverse, lo que les obligaba a quedar en el lugar donde se encontraban. Reaccioné rapidamente y con varios hombres y el Capataz preparamos lámparas de bosque y un pequeño botiquin, poniendonos rápidamente en camino antes de que se cerrara la noche. Tardamos mas de una hora en encontrarnos con los pigmeos, pues sabedo es que el africano calcula mal el tiempo del reloj. Al ver a un hombre blanco hicieron intento de escapar pero el capataz, que comprendía algo de su lenguaje les tranquilizó, y pude acercarme a ellos que me miraban espantados. Con las lámparas de bosque alumbrando pude comprobar el estado lamentable en que se encontraba el herido y sin pensarlo mandé preparar unas parihuelas para trasladarlo a nuestro campamento y allí ver que se podía hacer por él. El traslado resultó costoso y lento, los porteadores agotados amenazaban con parar y me vi en la necesidad de ofrecerles una recompensa para que continuaran hasta llegar alcampamento. Tras dos horas y media de martirio conseguimos llegar y se preparó un jergón con hojas socas y cubierto con una sábana se colocó al herido, todo ello bajo la protección de mi toldo y montando un mosquitero para para protegerlo de las moscas que ya abundaban en su entorno. Ahora pude hacerme cargo de la labor a realizar; me encontraba ante un hombre de mediana edad de 1,40 de estatura, de complexión musculosa y bien proporcionado, estaba como roto, tirado y con todo el cuerpo magullado, sucio y cubierto de barro reseco mezclado con la sangre que había manado en abundancia de sus heridas, con hojas y materia vegetal pegado a su cuerpo, le habían cubierto con elementos vegetales a fin de cauterizar las heridas y todo ello daba un aspecto más que lamentable. Lo primero que se me ocurrió fué inyectarle un frasco de acucilina de 200 mil unidades para evitar en lo posible la infección y seguidamente empecé a lavarle todo el cuerpo con agua oxigenada y paños limpios. Mientras el hombre me miraba aterrado, quejándose débilmente pero sin oponer resistencia alguna y mediante las pruebas que le iba haciendo llegué al convencimiento que no debía tener ninguna fractura y solo heridas y magulladuras. Como constaté que le subía la temperatura por momentos le administré un antitérmico y puse en manos de su compañero una botella de leche rebajada, para que se la fuera dando. En espera de acontecimientos pedí algo para cenar y me acomodé en mi jergón dispuesto a pasar la noche.



Durante la noche oí como el herido se quejaba en varias ocasiones y que el compañero le hablaba algo que no comprendí y que le hacia callar... Cuando amanecía me desperté llamando a Juan para que se informara del estado del enfermo y su respuesta fié ambigua, no obtenía respuesta concreta, pero su opinión era que lo veía más tranquilo, pensaba que después de la cura que le habíamos hecho, seguro que ya no moriría. Quedé más tranquilo y me preparé para el trabajo que debía comenzar realizar. Empezamos por parcelar el bosque en cuadros de 500 por 500 metros para realizar el conteo de arboles comerciales, yo aprovechaba la apertura de trochas para coquizar, señalando todos los incidentes a fin de obtener un plano de detalle y señalando en él las posibles vías de explotación. El terreno era prácticamente llano, avanzábamos a buen ritmo y podía calcular que nos llevaría algo más de dos meses el terminar todo el trabajo



Por las tardes, al regreso del trabajo, siempre encontraba en mi tienda al pigmeo, a veces dormido en su jergón y las que más haciéndose el dormido, pues por todos es sabido lo difícil que es acercarse a un pigmeo sin que se de cuenta de antemano. Siguiendo mis instrucciones, el doliente debía esperar mi llegada al campamento para darle de comer; yo quería saber que se le daba y ver como se lo comía. Día a día se notaba que mejoraba de las heridas y se mostraba menos asustado a medida que pasaba el tiempo y me miraba mas confiado que los primeros días. En alguna ocasión le había sorprendido mirándome de reojo, mientras esbozaba lo que podría ser una sonrisa

maliciosa, lo que me hacia pensar que aquel enano se estaba burlando de mi. Un día en que dormitaba, o que aparentaba dormir, me dediqué a contemplarlo como no habia hecho antes; de estatura mediría 1.40, su cabeza tenia forma de pepino, con brazos y tronco bien desarrollados y piernas cortas y arqueadas. Llamaban la atención sus pies por su forma especialmente largos y estrechos, finos de talón y los dedos mas largos que lo normal, recordando los de un primate.



Le había acostumbrado a ir a bañarse al rió a diario, para evitar el olor a tigre que despedía normalmente, pero un día en que llegué mas temprano de lo acostumbrado, me dio la impresión de que el pájaro acababa de llegar, pues observé gotas de sudor de su frente y de su cuerpo despedía olor a sudado. Preguntando a mi boy supe que ya no pasaba todo el día en el campamento, que se marchaba detrás de mi cuando salia yo por lamañana y volvía poco antes de mi llegada. Convencido de que ya estaba recuperado, decidí darle el alta definitiva y le hice traducir que quedaba libre y podía marchar cuando quisiera, cosa que entendió a su manera, pues a partir de entoces me acompañaba en mi trabajo durante todo el día, segiendome constantemente como perro fiel y cuando llegava la noche se marchaba con su gente,



Por aquellos dias enteré de que los pigmeos preparaban una gran cacería, con el fin de hacer acopio de carne. Contaban con otro grupo que acampaba por Camerún, al otro lado del Río Campo y que eran de la misma tribu, con lo que se sumarían cerca de cien personas. Se trataba de elegir una extensión grande de bosque, y colocar redes en lugares por donde harían pasar los animales en huida cuando los hombres batieran el bosque de forma que espantasen a todo animal que se encontrara por allí. Terminada la cacería, acamparían todos juntos y mientras las mujeres se ocupaban de secar la carne al humo de hogueras, los hombres festejarían con sus danzas el éxito de la jornada. Yo les había hecho saber mi interés en participar junto con ellos en la cacería, lo que aceptaron entusiasmados, sabiendo que iria portando mis armas de furgo.



Durante casi dos semanas los encontrábamos en nuestros desplazamientos por el bosque, afanándose con sus redes y lianas preparando trampas, cerrando riachuelos y vaguadas y otros paso de animales, con el fin de preparar la gran cacería; de no ser por la atención de mi pigmeo, que no me dejaba solo un momento, yo hubiera caído más de una vez en alguna trampa. Durante aquella mañana supe que al día siguiente darían comienzo a la cacería, pues ya la gente ocupaba sus puestos durante el día para estar dispuestos de madrugada e iniciar la gran batida. Fui avisado por mi pigmeo que vino a despertarme de madrigada y fuimos a apostarnos en la parte donde habían sido colocadas las redes. Serian la cuatro de la mañana, antes de amanecer, y a lo lejos empezamos a oír el ruido que hacían al golpear con palos en las aletas de los árboles, para levantar la caza que huía despavorida, siendo encaminada hacia las redes. En el lugar donde me encontraba pasaron dos horas largas sin notar cambios, solo el ruido iba avanzado hasta hacerse ensordecedor, cuando y se hacia ensordecedor hasta que empezaron a verse movimientos fugaces de animales que pasaban raudos de un lado a otro, ya alguno caía en las redes espantado, despavorido y dando gritos o berridos intentando librarse de la trampa en que se encontraba y solo alcanzaba a enredarse aun más. El pigmeo que estaba conmigo saltaba de un lado para otro repartiendo golpes de machete a diestro y siniestro y dando muerte a todo animal que caía a su alcance. Yo me servia de mi escopeta para hacer otro tanto hasta terminar con los cartuchos que había llevado. Después empuñe una pistola astra del nueve largo para no quedar desprotegido, pero disparando solamente en ocasiones precisas.



En aquel momento estalló un griterio mezclado con el rugino de un animal; se oia cerca de donde me encontraba y alli me dirijia cuando el pigmeo venia hacia mi gesticulando y diciendo la palabra copita, queria decir que llevase la escopeta, le dije que no me quedaban cartuchos, mientras señalaba la pistola colgando de mi cinturón, mientras salia tras el. En una red de lianas vi con espanto la causa de aquella algarada, un leopardo habia caido en la trampa y de debatia ferozmente por liberarse lanzando unos rugidos aterradores, A dos metros del felino le dispare tres tiros con la pistola y los rugidos del pobre animal furon sustituidos por los alaridos de alegria que lanzaban los pigmeos. Despues de este lance no me quedaron ganas de seguir con la caceria y busque un troco de arbol donde sentarme y recuperarme de la emoción pasada, mientras oia como se iba terminando la caceria y ya empezaban las hogueras a quemar el pelo de las primeras piezas de caza, que hacia insoportable al olor que ya invadia todo el ambiente.





Dos dias despues de la caceria con los pigmeos fui invitado por ellos acompartir una fiesta para conmemorarla, para ello se presentaron en nuestro campamento con varias mujeres. Pomposamente me regalaron la piel del leopardo que habia matado, convenientemente secada al humo y yo les hice entrega de un garrafon de vino azpelicueta para amenizar la fiesta. Luego ocurrio algo que me emocionó; de estre ellos, apareció mi pigmeo, con dos defensas de elefante y sin mediar palabra me los entregó, pregunté a uno de mi personal que estaba próximo y que habló con el pigmeo. La respuesta fue que me los daba, erecordando que yo le habia salvado de una muerte cierta. La pareja de defensas constituian una pieza especial, de marfil rosa y de un metro de largo cada uno, dos piezas identicas, con siete kilos y medio de peso en su conjunto. Marfil rosa, una rareza deficil de encontrar y una pieza de colección, que meses después traje a Barcelona y desde entonces adorna un muro de mi casa. Lo mismo hice con la piel del leopardo, que llevé a la Pza. Real para que la curtieran y desde entonces duerme en el fondo de un armario, envolviendo una extraña talla en madera que conseguí en el año año 1958 en lo regióndel rio mbañe y de manos del anciano jefe eseng de nombre Demetrio Nzambio.

No volví a encontrame con los pigmeos, aunque seguí con mi equipo durante mas de un mes terminando la prospección de aquel bosque, antes de regresar a la base de Mbia



Fin del relato.

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