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Cuestión de meteorología...

Ansha, May 16 2008, 07:31 PM

Muchas cosas se dicen y quedan más o menos dichas. Pero cuando las dicen quienes recogen el decir de tantos durante tanto tiempo, hay que saber qué se dice y por qué a veces se llega a decir algo con tan poco acierto.

Al mal tiempo, buena cara...

De entre todas las majaderías que el saber popular ha sido capaz de imprimir en nuestras mentes, ésta seguro que entra en la final.
¿Es que la conclusión a la que llega la sapiencia del vulgo puede ser tan descabellada como para pretender caminar de espaldas y justificarlo con que el culo es tan válido como la cabeza, tan sólo por que tiene un orificio al que se le ha dado en llamar ojo?.

Cierto es que se debe de mostrar permisividad ante las cosas, dar a las ideas un tiempo para que asienten su enseñanza en nuestra retentiva y luego, paso a paso y con humildad desmenuzarlas. Tal vez así podamos admitir la posibilidad de que al enemigo no haya que darle ni agua.
Es más, si te quieres sentirte fiel a tus principios has de ir aún más allá y admitir como posible el que, puestos a dar, al enemigo hay que darle de todo, de manera que le sobre y en cada sitio que alcances, y que mentirle es más un deber que un derecho. Pero animarle con aspavientos a traspasar la barrera de contención que se merece cualquier aura es un sin sentido, se mire por donde se mire.
Si ya es un disparate ir sonriendo con motivos, qué tipo de cinismo no será el hacerlo cuando menos apetece?.

¿Que cuando se hace mención de la “buena cara”, el sentido que hay que aplicarle es el de unactitud positiva y no al puro y simple gesto de un semblante?. Pues me parece muy bien, a eso es precisamente a lo que me estoy refiriendo.

Creo (y lo creo sin ningún género de dudas) que mostrar al prójimo tu estado de ánimo es bueno para uno mismo, y lo es también (o sobre todo) para el prójimo. No puede haber gesto más positivo que mostrar de manera más exacta la disposición en la que te encuentras, ya se encargarán los demás en interpretarla y amldarla a sus propias necesidades. Bastante adulteración sufrirá entonces lo que muestras como para que la interpretación que no deberían hacer no termine por reflejar que nadie pretende entender sino amoldar a sus circunstancias. Engaña para alejar, nunca para acercar.
Por eso no comprendo cómo se tiene como práctico (que no como moralmente correcto) mostrar con una sonrisa lo fastidiado que estás. Eso es sinónimo de idiotez. ¿Jodido pero contento?... No, no es lomismo. Si estoy mal y digo que estoy contento, previamente constato ante los demás que estoy mal, para que no haya equívocos y que, de paso, me alaben por mi optimismo, mi entereza o mi constancia, que es muy diferente a aparecer en el ruedo con cara de drogado y pasando las de Caín.

Pero mira tú que al revés la cosa sí funciona con lógica.
Si al buen tiempo le pone uno mala cara, ese uno evita el que se lo coman con patatas.
Tengo un día soleado y estoy como unas castañuelas. Tú, que no sabes dónde arrimarte para pillar sol me ves, ves los rayos del astro rey incidiendo sobre mi larga y sedosa melena y se te dispara la adrenalina. Ahora sí que pillo –te dices. Y sin más, te acercas a mí, me doras la píldora y te quejas. Te escucho, tengo ganas de pegarte un tiro pero te escucho. Tras un tiempo entre escuchándote y odiándote acabo por entenderte, con lo que mi odio va quedándose en nada y empiezo a preocuparme, tanto porque no tiene sol en tu planeta gélido como del por qué eso es así.
Sin darme cuenta me estás amargando el día, y también me voy quedando frío por que, también poco a poco te has abierto un hueco y ya estoy que no pillo ni un rayo. Tu te sigues quejando porque necesitas que sea yo el que justifique tu derecho a dejarme a mí sin sol, así lo tomas con la conciencia tranquila. Me sigues amargando la existencia y ahora sí que me voy percatando de ello. Lloras y jadeas sin parar (sí, jadeas, estás ansioso por pillar más y más sol, y jadeas).
Tras un tiempo, y antes de que pueda acostumbrarme, tus rebufos aumentan, te quejas con más insistencia porque no estas lo suficientemente cerca como para que te llegue el que te apetece. Me miras de reojo, como al enemigo de un sol que ya te sabes correspondido por derecho de conquista o por gracia divina (o por hermano en Cristo, qué más da). Mi voluntad se quiebra ante tu plañir insistente y la conciencia me muerde al oído si no habré de sumirme en el frío exterior y dejarte a ti mi sitio, pues quieres más y más, y durante más tiempo. Tus ganas de más rayos van en aumento... ¿Y sabes cual es el que te apetece a las dos horas?, pues el que me viste disfrutar cuando te giraste y me viste iluminado como una divina candela. ¿Cual te va a apetecer una hora y cuarto después de esas primeras tres?, pues las que a mí me pueden apetecer de otro que, por no estar sufriéndote, se lleva atiborrando de sol el tiempo que ya llevara hasta que lo vi más cuatro horas y cuarto, que es el tiempo que tú llevas dándome la murga.

Si al mal tiempo le pones cara de buen tiempo, no sólo te debe de costar un esfuerzo extra sobre el que ya te cuesta soportar lo malo, estás invitando con engaños a que te fastidie quien cree que estás como una flor.
Tentar a los demás (amigo, enemigo o neutral) para que se te acerquen a disfrutar del sol que no tienes y te amargue el día amargo que a duras penas consigues que no te amargue tanto, es de necios.

Que al buen tiempo le pongas mala cara no deja de ser una lógica medida de precaución, y si lo piensas sin sumergirte cínicamente en esa parte de humildad que no necesitas y que con tanto empeño esperas que te aparezca por arte de magia, resulta de lo más sano, pues evita la libre práctica del santo y seña más común gozado generosamente por el ser humano y temido como la peste: la envidia. No nos engañemos, ésta no es pura ni sana, es autentica caca.

Empeñarse en poner cara de felicidad cuando los chuzos caen de punta y en cascada, es convertir el gesto en un rictus cínico, falso, característico del memo integral, amén de tener más mala leche que la caducada. ¿Cómo se explica si no que, teniendo el ser humano una tendencia lógica hacia lo bueno y pasando las de Caín, le mostremos que es invitado a decir más estupideces de las que habitualmente está acostumbrado a largarte sin permiso?... ¿No es eso una memez integral?. ¿Qué pasa, que toda esa patraña es en aras a tener luego una justificación moral para apartarlo de una patada? ¿es eso? ¿se trata de desahogarte con artimañas de ese mal tiempo que padeces, tendiendo un anzuelo emponzoñado?... Eso no se hace ni para pescar, pues aunque el susodicho ser sea más rastrero que el gusano utilizado de carnada, es rastrero pero no estúpido. ¿Quien te dice que el pez no se ha tragado tu señuelo hasta las entrañas y te va a dar arte y parte de lo que tú ya le has endilgado?...
Imagina que no hay nadie, que estás solo y el tiempo es de perros. ¿Se trata tal vez de una actitud de ti para ti?... ¿Masoquismo voluntario?... ¿autocomplacencia?.

Claro que, todo tiene su lado positivo, porque si al mal tiempo le pongo buena cara -ya sea que me vea el vecino o esté solo en Marte-, cuando venga el buen tiempo, una de dos, me duermo del relajo o me enamoro de mí mismo. ¿O le pongo mala cara para “no confundir” al que antes ya me vio con la de perro?.

¿Puede alguien cuestionar que, habiendo buen tiempo para uno, una mala cara evita que venga el listo de turno, alegre como unas castañuelas por el tiempo excelente que tiene, a ver qué tal tiempo tienes tú y te chafe la fiesta a la que para nada invita un sencillo y simple gesto, ó qué igualmente te la fastidie cuando, mal disfrutando él de un tiempo de perros, venga compungido a ver si le cedes un poco de la bondad del tuyo, pasando de ti como si fueras Mariano Medina y te repartieras siempre la mejor parte del mapa meteorológico cada vez que te viene en gana?.
Por supuesto que se puede cuestionar, y también puedo decir que debajo de la baldosa 3x, 2y está la momia de mi tía. Nadie va a levantar ni la de al lado para comprobarlo mientras no tenga una foto tridimensional del suelo y el testimonio de mi tío, firmado y sellado por el albañil.

Pienso que, si quieres mantenerte íntegro en tus principios más básicos y comunes, la cara a poner al tiempo que sea, sea cual sea que quiera ser éste, ha de ser la que indique cómo y cuánto va a incidir en ti la madre que parió su causa. En todo caso, si no te andas con remilgos mentales y eres más práctico que un abrelatas, pondrás la que indique que ni tiempo tienes, ni tiempo quieres, ni tiempo al tiempo hay que tú concedas o te interese, pues al tiempo que te haga, ya sea peor o de película, siempre le saldrá una novia no deseada. Ésta, con su empeño en disfrutarlo y no importándole un comino el inquilino o convencida de que si ella es feliz yo he de serlo por 17, conseguirá que no sea lo bueno que era, o que sea peor de lo que ya estaba siendo. Una vez te ha mermado suficientemente la calidad de tiempo que tuvieras, como mucho se disculpará y te dirá que no era su intención, con lo que no sirve de nada y te lo fastidiará un poco más si cabe, pues tanto a ti como a él (o ella. No es cuestión de sexos) no os valdrá de nada saber que la intención era buena. La intención no es lo que cuenta, cuenta cómo repercute en los demás un empeño enconado en causar bien a espuertas. ¿Bien para quién?. Te vio bien, se acercó a chupar del frasco y te dejó la botella a la mitad. Eso si te deja algo.

Nunca me interesó ningún texto de religión, y cuando tuve que aprobar esa asignatura me limité a no decir tacos delante del profesor (o a que no se oyeran) y a inventarme algún que otro pecado para que el cura me diera su hostia con cara de místico y mis padres me dejaran ir el domingo al cine y poder levantar pasiones.
Mi manera de expresarme, los temas que toco, obviando utilizar cansinamente “en mi opinión” o “a mi modo de ver” o “creo que”, junto a las tal vez demasiadas metáforas que suelo utilizar, puede hacer pensar a alguien (como ya ha ocurrido) que he hecho mis pinitos en el mundo de las sotanas o que bien puedo tener alguna afinidad con ese entorno, y no es así. Al contrario, es un mundo que carece de cualquier sentido para mí.
Pero el respeto hacia los demás y para con lo que nos rodea y que constituye el mundo en el que vivimos está tan manipulado y vulnerado, que su falta de contenido lógico ha terminado por ser punible sólo cuando repercute en terceros.

Ya termino por hoy, no sin antes darte un repaso sobre lo que ahora, y tras ir sacando un poco la cabeza de todo esto, aparecen como una manera de ser que en nada puede perjudicar a nadie salvo al que así sea.

¿Quieres sol?, pues pídeselo al que tenga los rayos incidiéndole sobre la coronilla y sude como un mamut, deja en sus santas paces al que veas sonriendo y deduzcas por ello que es el sol el que le hace sonreír. Y pídelo, en voz baja y sin aspavientos, sin que el vecino coarte al generoso en sus ganas de regalarte un “no” como un castillo.

Las deudas para con uno mismo han de ser saldadas con un grado de prioridad más acusado que el otorgado a las adquiridas en el colectivo humano al que nos sentimos obligados a pertenecer. Protégete de las fluctuaciones de quienes no vas a saber nunca de qué van, ya vengan al paso o trotando. Sobrevive intacto y concédele a los demás sus dos opciones para contigo, la posibilidad de disfrutarte (que para eso no hay que acostarse con las ideas de nadie) o la desgracia de soportarte. La primera de esas concesiones depende exclusivamente de ti, por ello te manifiestas. La segunda es responsabilidad de quienes se acercan y tienden su saber hacia ti, pues como tú, también portan un bagaje que ha de hacerlos soportables a su vez.
No permitas que te moldeen “a su imagen y semejanza”, porque además de acabar con quien eres te arrinconarán y buscarán dónde realizarse nuevamente. Si para disfrutarte no solo necesitan que bailes, sino que se te pide que lo hagas en plan jota y vestido de lagarterana, defenderán con aires papales que al mal tiempo hay que ponerle cara de flauta. Apártate y deja que sus auras blancas se estampen contra la pared, que siempre podrás después pintar tu propia conciencia donde más acertada descubras esa tonalidad.

Si das calidad, unas veces te aplaudirán y otras serás crucificado. Si das maldad, según los referidos sesudos, al ser reconocida o sufrida por los demás, ayudas al prójimo a superarse y columpiarse en la complicada soga de la autoestima, que unas veces te mece y otras te ahoga. Pero si no das cuando esperan recibir, bien por que nada tengas que dar o porque no vas a dar calidad, te apartarán. Y cuando seas tú quien se acerque a dar, satisfaciendo tu porción de generosidad, en lugar de apreciar lo que das, ensalzarán su propia satisfacción por haber sabido confiar en que acabarías dando, con lo que la calidad con que das no será apreciada y siempre quedará descompensada respecto a lo que esperaban recibir. Ante sus ojos sigues estando equivocado porque no diste cuando se te pedía, cegándose ante el echo de que antes nada había que dar y que ahora llega lo que sólo de ti y en ese instante se puede recibir. Entregas calidad y recibes un perdón que no mereces porque no hay culpa achacable.
Pero nada de eso importa. Lo verdaderamente importante es lo irrecuperable, pues al no obtener la respuesta acorde a tu entrega, nunca sabrás si lo que dabas era o no necesitado y si los demás llegaron a saber de su calidad alguna vez.

No permitas que tu vida sea reflejo de las frustraciones ajenas y rechaza las donaciones que sólo sirven para satisfacer la necesidad que el ser humano tiene de dar, pues alimentarás la tendencia a desprenderse y dar se convertirá en un mero acto impulsivo, incapaz de satisfacer a nadie, ya sea donante o receptor.

Tal vez el dicho con el que me he enzarzado tenga su hueco en la lógica en cuanto a que pueda comulgar con otro que también se las trae: “no hay mal que cien años dure”... Pero por qué no inyectarle también la misma filosofía que recorre de cabo a rabo el meteorológico y pensar si no habrá que entenderlo aplicando el “al revés te lo digo para que me entiendas”... No sé, pero o los doctores que tiene la iglesia entraron por enchufe o soy más tonto aún de lo que tú piensas, pues sólo hay un mal que dura 127,3 años, y es precisamente el mal que dura 127,3 años, ni más ni menos... aunque ese "al revés te..." puede muy bien referirse a que donde quiere decir mal hay que leer bien y donde pone no, es un sí, o donde quiere decir que hay es que no hay nada, o que...
En cualquier caso esto tendría un pase cuando se trate de poner la cara que corresponda al año 99, por que pretender que pueda ser válido también para tres meses después del doceavo...Aunque seguro que a alguien se le puede ocurrir encontrarle sentido con eso de “haz el bien y no mires a quien”... Si tal es el caso, puestos a hacer bondades y siendo tú tan digno de recibirlas como lo son los demás, ¿por qué no poner cara de lechuguino mientras caen rayos y centellas sobre la villa que no has tenido la suerte de poder hacerte?... Sólo hay que poner cara de propietario, que te caiga el rayo y, si no te mueres, te denuncio por eutanasia.

Si he de sonreír cuando no te quiera cerca, porque no hacerlo me traiga tu mal de ojo y la naturaleza vengadora se cebe en la sonrisa falsa, sonreiré como un poseso cuando me empujes exigiendo hermandad y calor del sol que a mí me bañe. Ante el tiempo lluvioso, amenazante de rayos y centellas miles, si por evitar que confabules contra mí he de mostrarte la sonrísa que no quiero darte, mi rostro pintará para ti una que no sabrás entender, y será aquella que conciba la esperanza de que, si pasas de mí y te acercas para regalarme tus buenos sentimientos, el primero de esos rayos que no quiero para nadie te parta a ti y no a mí. Sólo así seré capaz de sonreír sin que se me note que deseo fervientemente que el rayo que no consiguió partirte ayer en dos, hoy te parta en tres.

Si me ves sonreír no te acerques, estoy disfrutando sin ti, y si tengo cara de perro tampoco lo hagas para saber de su raza, o ni me palpes la entrepierna para ver si estoy en celo o soy semental de primera, bastante tengo con aguantarme a mí mismo.
No te acerques, yo no me acerco a nadie, ni dando saltitos como Caperucita ni dinamitando tus cerrojos. Y no es porque no sepa dar un paso tras otro. El motivo es muy simple: No quiero.
Para cuando me de cuenta de que estoy equivocado ya llevaré muerto un buen tiempo.
Si miras mi cara entonces, sigue tu instinto y sabrás el tiempo que hará mañana.

¿Al mal tiempo buena cara?... Será que la cara no debe ser el espejo del alma... será.
O será que sí lo es, aunque en día de tormenta y bajo el amparo del derecho otorgado por ese cada día más insigne saber popular, se conceda a bien el que pueda caerle un rayo al que no lo espera, mientras que la falsa pero generosa sonrisa campa por sus respetos y concede al causante de tal desatino el inmenso favor de engañarle. Curiosa reflexión. Viva el pueblo y su ética, sí sr.
Si ese gran hombre dijo que su reino no era de este mundo, yo, que también soy el que soy, o estoy como una cabra o mi mundo no es éste.




 
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