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Él y yo

Ansha, Mar 26 2008, 12:11 PM

El hombre en su infinita soberbia creó a dios a su imagen y semejanza, haciendo con ello posible que, tal vez Él sí concibiera a aquel a la suya. Dios, enfadado en plan dios, con su perfecta concepción de la justicia lo castigó, y con esa misma concepción proyectó sus consecuencias hasta quienes no son más que lo que son por cómo tuvo a bien permitir que fueran y no como después resultaron ser.
Autor único de la creación y de fiascos concatenados divinamente, dispuso de todo el divino tiempo que a su esencia divina le dio por concederse y se lo distribuyó en el orden que, también de manera divina consideró que merecía algo tan divino. Tras tamaña obra de arte, y queriendo rizar el rizo de su divina voluntad, tuvo a bien convertir en hecho lo divinamente factible y creo la vida. Y ahí la cosa ya no fue coser y cantar.

Algo salió mal. ¿Mal?... Fatal.
Él sabía que iba a salirle rana esa última virguería y, aún y así, se realizó de manera divina y le puso la guinda agria a un pastel que, todo sea dicho, no le estaba quedando nada mal. Sabía que el ser humano sería lo que asombrosamente ha sido capaz de llegar a ser y, con empeño divino, decidió llegar hasta el final. Un final que bien puede o pudo no haber sido tal en una primera divina instancia, pero que resultó ser lo que se ha dado en catalogar como el último de sus actos creativos.
A partir de ahí (que debió de ser no mucho tiempo después del séptimo periodo interestelar), todo son sombras y cadenas complacientes de “por que si”, denigrando progresivamente al ser que, ya de por sí, quedó violentamente escindido de lo divino por derecho, allende los tiempos astrales.

Es por ello que bien puede dejar de ser lo que enconadamente nos empeñamos que sea y sea lo que siempre fue, y todo lo demás está por ver si es, si fue alguna vez o resulta que esta por ser.
¿Quien no se ha preguntado alguna vez...?.
En un foro la cosa va de silencio divino, compromiso, respeto y miedo a perturbar la paz interior del vecino. Sin embargo, en el silencio sepulcral de nuestros surcos cerebrales hay caudales de información que pululan sin asideros, perdidos, histriónicos, o se dirigen todos en tropel hacia conclusiones que nuestra propia sensación de culpabilidad nos niega a dar cuartel.
Pero esto no es un foro... Aquí manda la mente libre, libre para equivocarse, con derecho a dudar y obligada a no cohibirse ante nada.

Si habiendo sido el origen de que el hombre sea lo que es y no quiso que fuera, a poco que utilicemos lo que dio porque fuéramos como no resultamos ser, resulta que la creación hubo de ser la primera equivocación que tuvo a bien concedernos que viéramos.

Tras un primer error, vino el que siguió a continuación. Castigó al infractor y lo hizo de manera contundente, privándolo de lo único que no había sido un error y haciendo del error un error aún mayor. Le arrebató la condición que le otorgó y le exigió que llevara su alma a lomos del concepto de justicia que mostraba con su decisión.
Causa de tal esperpento, siguió teniendo a bien lo que no acabó resultando mejor y se concedió cometer un tercero, pues las consecuencias de su primer error las volcó en hacer del castigo el paradigma de la desproporción, proyectando sus efectos a cualquier generación y creando en el ser el estigma de nacer bajo el yugo del perdón.
¿Creer en dios?... Aún hoy lucho por mantener una postura digna ante ese credo. Mi actitud ante ese paradigma de la duda no es tanto si existe o no, sino sobre qué contenido me planteo su existencia.
De manera innata distinguimos sin dudar entre el bien y el mal, y el concepto de justicia convive dentro sin causar mayores dicotomías siempre que no quiera entrar en conjunción con la que él aplica. Para el creyente convencido, la justicia divina es maravillosamente incomprensible e inalcanzable. Ha de ser pues justicia divina el que a los que manejamos nuestra sombra mejor que peor se nos pida creer en él sin cuestión alguna y con la capacidad que ya nos fue arrebatada porque somos una equivocación. Privó al ser de su comprensión y le obligó a creer, ungiéndolo a una noria y sin zanahoria que ver. Se nos permitió conservar la razón que ya nos falló a la sombra del ciprés (seguro que era un manzano?...) y ante el precipicio que esta mermada prenda encuentra al tender a él, se nos exige un “porque sí” prestado, porque para todo lo demás se nos niega.
Hoy, que estoy más cerca de ser el que quiso que fuera y no logró, más soy como él, y menos creo que sea quien me exige que crea para tener derecho a sentirme lo próximo a él que estoy.

Creer en dios por necesidad es cegarse, es negar el derecho a utilizar lo único que tenemos para dudar de no tener razón en nuestras conclusiones: la razón.
Aunque desvalorizada desde el momento inmediato posterior a morder la manzana, la razón es lo único que nos queda de aquellos días de gloria efímera. Poco es, vive él, porque aún con ella, no hay manera de entender al hacedor cuando se pone a repartir una justicia que me obliga a aplicar a mí sin estar de acuerdo con la imagen que de ella tengo por él.
En cualquier caso, y nos quede o no París, siempre nos podemos agarrar a un “por si acaso” y balar a modo...
Creamos pues y soñemos con perales, que esos no tentaron a nuestros ancestros, o no los vieron... o no se dejaron ver.




 
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