DEDICADO A MIS HERMANAS
DEDICADO A MIS HERMANAS
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Escrito por Moncho Núñez   


Si pudiera llevarte a mi jardín,
a mi lejano jardín tan recordado,

 

verías,
tras la oscilante puerta verde de madera,
el empedrado sendero, de suave curvatura,
bordeado de oloroso contrití,
que conduce a la pequeña terraza
extendida delante de la casa,
el reino de mi madre,
junto al rojizo palmiste de la esquina.

 

Mientra entras contempla,
a la izquierda, apoyada en el muro humedecido,
la fuente vegetal de la guayaba,
de frutos duros, ásperos y ácidos.

 

Tres pasos adelante encontraremos
el hibisco cuajado de flores eróticas y rojas,
que se alza, envidioso, al pie de la palmera.
Eleva tu mirada hasta su copa,
llena de largas hojas transparentes
y opacos frutos que prometen
exóticos sabores de pulpas y de aguas.

 

Un poco más allá está el geométrico papayo,
con su tronco vertical, desafiante. Y sus hojas
de horizontales peciolos, largos, huecos,
redondeados limbos y frutos de carne anaranjada.

 

El Ilang Ilang domina el centro del jardín,
con sus ramas divorciándose en la altura,
y sus perfumadas flores amarillas,
que embriagan la noche tropical.

 

Junto a la esquina de la casa el níspero,
de enorme copa, que da sombra
a la parte trasera del jardín.

 

Acércate despacio al cobertizo
para soñar con miedos infantiles
de arañas peludas y gronfises.
Allí descansa, desde hace tanto,
la vieja nueva moto de mi padre,
junto al dorado racimo de bananas.

 

Separando nuestro espacio del vecino,
hay un seto de arbustos especiales,
cuyas ramas, cortadas y mordidas,
limpian los dientes, blanquean las sonrisas,
dejándote en la boca un amargo sabor de clorofila.

 

Y delante del seto, nuestro estanque,
el antiguo estanque de los patos,
y después del pequeño cocodrilo,
con su rampa de acceso y en el centro
el monolito del grifo ya oxidado.

 

Ahora rodea la casa,
por donde la tapia separa el jardín
de la acera sombreada y de la calle.
Si miras a lo lejos, verás el mar
y el cielo ennublonado,
que amenaza tornado como siempre.

 

Y llégate a la esquina,
allí donde matean los lirios y las cannas,
de hermosas flores púrpuras,
delicados pétalos blancos,
y frutos resecos, pequeñitos,
llenos de negras semillas aceradas.

 

En esa parte del jardín reina un Egombe-Gombe,
con su estructura horizontal, de ramas y de hojas
que inventaron la sombra en el Principio.

 

Y un poco más allá, llegaremos al final de este paseo;
junto a la casa, te enseñaré mi planta favorita,
la simétrica cycas revoluta,
en cuya compañía jugaba yo mis juegos
de aviones y bomberos y piratas.

 

¿Tú has visto la flor del hibisco cerrarse de noche
orlada de miles de luminosas y mágicas luciérnagas?.

 

¿Has visto la parda tierra cuartearse con la Seca
y reverdecer feraz cuando las Lluvias?.

 

¿Has oído el golpear del coco contra el suelo
y has acudido a beber de su agua incomparable?.

 

¿Tienes los dientes ásperos de morder una guayaba,
y has saboreado la blanda suavidad de la papaya?.

 

¿Has macerado las amarillas brácteas del Ilang en agua y en alcohol,
y hecho perfume con esa esencia de aroma inolvidable?.

 

Si contestas que sí, que ya lo sabes,
que has visto y sentido, que has oído y notado todo esto.

Que has vivido ese mar de sentimientos,
es que tú eres de allí, seguramente.

De junto a mi jardín. De esa ciudad maravillosa
cuyo nombre he olvidado en mi memoria.

 

Si has contestado que no, tiene remedio:
Te invito a mi jardín.
¿Vienes conmigo?.

RAMÓN NÚÑEZ DIÁCONO. 2007
8 junio 2007

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